A las 21. (Cuento)
Abrió la puerta de su casa seguida por el
inevitable chirrido de las bisagras, debían cambiarlas pero nunca tenían
tiempo.
Dejó las llaves sobre la mesa sin haberlas
usado para trancar la puerta pues a las 21 su marido avisaría su presencia igual
que todos los días.
Una aburrida y lenta caminata sobre la
madera del pasillo, luego el chirrido de la puerta, el beso de siempre, siempre
en el mismo cachete en el mismo lugar y con la misma intensidad.
Pensó en que momento la relación se había
vuelto tan previsible, tan pensada, tan pobre de sentimientos. Justificó que
sería imposible mantener aquellos fuegos internos para toda la vida, pero al
menos, una sonrisa imprevista hubiera sido buena en algún momento. De todas
maneras nunca puso en duda que no imaginaba la vida sin él.
Caminó hacia la cocina para recalentar
parte de la comida del mediodía que sería la mitad de la cena y hacer nueva la
otra mitad.
Mientras colocaba tomate picado sobre el
arroz con cebollas y aceitunas sonó el teléfono. Se limpió las manos en el
delantal regalado por Joaquín cuando cumplieron treinta años de casados.
- ¿Hola?
La voz del otro lado del tubo no era
familiar, era la primera vez que llamaba. Era obvio que se encontraba en la
calle, se escuchaba a la gente hablar, caminar, se escuchaban ruido de motores.
La voz hablaba muy rápido.
Ella colgó porque del otro lado habían hecho lo
mismo.
Miró el reloj que marcaba las 20.45,
tenía tiempo.
Volvió lentamente a la cocina, siguió
picando el tomate, decidió agregar una cebolla.
Mientras la picaba se le humedecieron los
ojos y se hizo un cortecito en el dedo, nada de importancia, se solucionaría
con un poco de agua.
Fue hasta el baño y presionó la zona con
un pedazo de algodón, sus ojos tomaron una nueva dimensión mientras les acercaba
el dedo lastimado para concluir que mañana ya estaría bien.
Volvió a la cocina y apagó el fuego, luego,
sirvió la comida en su plato.
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