EL CARNAVAL DE ANDALÚ Capítulo 15 Reservada para el momento.
Sería su primera vez y se había reservado entera para él.
Esperó la noche, debía ser la primera porque La Realidad sería larga y las posibilidades de volver con él aumentarían.
Sabía dónde estaba, con que iba vestido, por más que no se lo pudiera elegir ella por ser su primera vez, haría trampa.
Así que disimuladamente pasó a su lado, lo tomó de la mano y susurró en medio de la oscuridad “tengo algo nuevo para ofrecerle”
Pronto contra una pared ella se abrió ante su primer y eterno hombre, aquél que había seguido desde su infancia y al que nunca le diría nada, es un poder que ella le otorgaba a la vez que se lo guardaba para ella.
Luego de unos besos en la oscuridad él la tomó con la fuerza que ella imaginaba y contra la pared y en medio de sus piernas abiertas hizo aquello que dolió tanto, lágrimas soltadas en medio de un fuerte abrazo y apenas el rugido casi silencioso del hombre que concentrado trataba de hacer lo mejor interpretando la importancia que tenía para ella. Tal cual ella había imaginado que era él. El dolor iba cediendo o sería que su cuerpo se iba durmiendo de dolor, no importaba lo tenía a él en arremetidas un poco menos dolorosas con algo de placer corporal y mucho de éxtasis psicológico.
Al oído llegó a confesarle la verdad, que ella lo había buscado que sabía quién era y que él también la conocía, el levantó la vista, trató de divisar algún rastro de la cara tras su máscara y volvió a su tarea diciendo “no se me ocurre quien puede ser señorita” Y ella estalló de alegría y lo abrazó y lo besó por todos lados y sacó su lengua en aquélla oscuridad y la paseó por aquella piel que le dio los primeros indicios de cómo se sentiría su vida en el futuro con ése olor sobre su ropa sobre su cuerpo y las sábanas aquéllas que ella compró a los diez años para usar con él. Con él que lo sentía acelerar los movimientos y respirar hondo y agitado, entonces le apretó los hombros y le dijo “quiero sentirte hasta el final” y él como en un trance inexplicable accedió y tres minutos después descargó en aquel cuerpecito millones de probables hijos y uno seguro que la hicieron temblar a ella apoyada en un cuerpo rígido al punto del calambre.
Una lágrima salió de su mejilla, y cayó en una de sus piernas abiertas a la felicidad, al dolor y a todo lo que una mujer puede sentir en el momento más importante de su vida, en aquél que ya hecha mujer, empieza a formarse como madre.
En ese momento decidió abrazarlo de nuevo y apoyar su cabeza en el hombro de él y ensayar una mueca de sonrisa la cual no tuvo fuerzas para hacer.
Vio entonces desde aquel hombro en la vereda de enfrente, poseída por ese sueño entre placer dolor, e importancia del momento, a una pareja que corría calle abajo medios desnudos de la mano y sin máscaras.
Y su cuerpo y su mente se despertaron al ver que se ponían a hacer lo mismo que ella había decidido hacer con aquel hombre para el cual ella, se había preparado desde que tenía memoria, Don Aníbal Lacuesta, aquel hombre que ahora ante sus ojos, se agitaba nervioso mirando para sus costados, sin prestar atención a la mujer que lo empezaba a llorar desde un hombro desconocido, en la vereda del frente.
Esperó la noche, debía ser la primera porque La Realidad sería larga y las posibilidades de volver con él aumentarían.
Sabía dónde estaba, con que iba vestido, por más que no se lo pudiera elegir ella por ser su primera vez, haría trampa.
Así que disimuladamente pasó a su lado, lo tomó de la mano y susurró en medio de la oscuridad “tengo algo nuevo para ofrecerle”
Pronto contra una pared ella se abrió ante su primer y eterno hombre, aquél que había seguido desde su infancia y al que nunca le diría nada, es un poder que ella le otorgaba a la vez que se lo guardaba para ella.
Luego de unos besos en la oscuridad él la tomó con la fuerza que ella imaginaba y contra la pared y en medio de sus piernas abiertas hizo aquello que dolió tanto, lágrimas soltadas en medio de un fuerte abrazo y apenas el rugido casi silencioso del hombre que concentrado trataba de hacer lo mejor interpretando la importancia que tenía para ella. Tal cual ella había imaginado que era él. El dolor iba cediendo o sería que su cuerpo se iba durmiendo de dolor, no importaba lo tenía a él en arremetidas un poco menos dolorosas con algo de placer corporal y mucho de éxtasis psicológico.
Al oído llegó a confesarle la verdad, que ella lo había buscado que sabía quién era y que él también la conocía, el levantó la vista, trató de divisar algún rastro de la cara tras su máscara y volvió a su tarea diciendo “no se me ocurre quien puede ser señorita” Y ella estalló de alegría y lo abrazó y lo besó por todos lados y sacó su lengua en aquélla oscuridad y la paseó por aquella piel que le dio los primeros indicios de cómo se sentiría su vida en el futuro con ése olor sobre su ropa sobre su cuerpo y las sábanas aquéllas que ella compró a los diez años para usar con él. Con él que lo sentía acelerar los movimientos y respirar hondo y agitado, entonces le apretó los hombros y le dijo “quiero sentirte hasta el final” y él como en un trance inexplicable accedió y tres minutos después descargó en aquel cuerpecito millones de probables hijos y uno seguro que la hicieron temblar a ella apoyada en un cuerpo rígido al punto del calambre.
Una lágrima salió de su mejilla, y cayó en una de sus piernas abiertas a la felicidad, al dolor y a todo lo que una mujer puede sentir en el momento más importante de su vida, en aquél que ya hecha mujer, empieza a formarse como madre.
En ese momento decidió abrazarlo de nuevo y apoyar su cabeza en el hombro de él y ensayar una mueca de sonrisa la cual no tuvo fuerzas para hacer.
Vio entonces desde aquel hombro en la vereda de enfrente, poseída por ese sueño entre placer dolor, e importancia del momento, a una pareja que corría calle abajo medios desnudos de la mano y sin máscaras.
Y su cuerpo y su mente se despertaron al ver que se ponían a hacer lo mismo que ella había decidido hacer con aquel hombre para el cual ella, se había preparado desde que tenía memoria, Don Aníbal Lacuesta, aquel hombre que ahora ante sus ojos, se agitaba nervioso mirando para sus costados, sin prestar atención a la mujer que lo empezaba a llorar desde un hombro desconocido, en la vereda del frente.
I:S:S:
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