LOS TELÉFONOS DE ANTES. Y CUÁNDO CORTAR.
Para quienes crecimos en un tiempo donde no todas las casas tenían teléfono, o sea que, la comunicación mediante voz únicamente no era tan común. Había un momento mágico, que era cuando la persona que estaba hablando, quería cortar, o le era cortada la llamada. Y no hablo de la operadora, que para esos tiempos recién había sido cambiada por la tecnología, si no del corte que se tenía que dar, naturalmente, luego de determinado tiempo de conversa.
Fue un momento que de manera
genial, interpretaba Carlos Perciavalle, en aquel monólogo donde, teléfono en
mano, comenzaba a ser monosilábico, o a cortar abruptamente sus frases.
"Si tengo que... Lo que
pasa... Es que... Yo le di... No... Si..."
hasta que cortaba y gritaba un... "¡Andaaaa!"
No era fácil hablar por teléfono,
cuando había operadoras, se podía esperar todo un día por un llamado a
Montevideo, después, que la conversación ya no se escuchaba (?), se abrió la
puerta de las charlas personales.
Y descubrimos que era mejor, a
veces, contar cosas sin mirar a los ojos, porque nadie nos escrutaba con la
mirada, y entonces nosotros, teníamos la ventaja de imaginarnos la cara de
nuestro escucha. Era como un mini programa de radio, maravilloso.
Ahora, en aquellos tiempos
también, los teléfonos eran casi fijos, se podía estirar un poco el cable, pero
no se podía andar para arriba y para abajo de la casa como si de celulares
habláramos, no. Las charlas se daban en el comedor generalmente, por lo que,
todos escuchaban, y hasta se hacía silencio. Sobre todo, si eran los niños los
que hablaban, que era, un mínimo, muy mínimo, porcentaje de charla, al menos
estando los adultos en la casa.
Ahora bien, los que tenían ese
poder total, eran los adultos, pero, póngase en contexto, teléfono fijo en el
comedor, no se podía hacer otra cosa más que hablar por teléfono, se dibujaba
mucho en un papel que siempre estaba al lado, o, se retorcía el cable hasta que
el dedo quedara negro, para después soltarlo de golpe.
A veces, el teléfono sonaba y
mamá estaba cocinando, antes se cocinaba toda la mañana, no me pregunten por
qué, entonces, el grito sagrado. "¡Atiendan a ver quién es, que debe ser
para tu padre!"
¡Mamá! (Mismo grito, aunque no
estuviéramos lejos) ¡es fulana! (amiga de ella) "Decile que ya voy"
Y ahí me quiero detener porque
eso pinta todo el momento, "decile que ya voy". Antes había tiempo de
espera, las personas llamaban y esperaban que la otra persona se preparara para
atenderla. Y a veces no era un minuto, a veces se esperaba más tiempo, bastante
más, aunque se esperaba sabiendo, que el teléfono descolgado era prioridad,
estabas entre los primeros, o el primer ser, a quien iban a dar corte en esa
casa, a no ser que se provocara un incendio, se cayera la abuela, o alguno de
los gurises de la casa.
Pero si es cierto, que muchas
veces dejábamos el teléfono descolgado, sabiendo que había alguien ahí,
esperando ser atendido.
Luego de un momento llegaba el
adulto que explicaba de manera detallada los motivos por los cuales no había
atendido enseguida, que la cocina, las papas, el tuco, el almacén que se había
demorado en la mañana, en fin, la otra persona por llamar, se hacía acreedor a
un conocimiento del hogar que no iba a tener ni la policía.
Quizás el motivo de la llamada no
era algo importante, o al menos no para las importancias que manejamos hoy, no
era para hablar de guerras, ni para filosofar de política, solamente era para
conversar un ratito, de alguna situación puntual, las cosas de antes no pendían
tanto de un hilo como ahora, estaba todo más firme, había de cosas que cuando
se hablaban eran porque ocurrían realmente.
Además, si el llamado era de
mañana, se suponía que no iba a demorar mucho, porque era el momento del día
donde se organizaba todo.
Y llegaba el momento del final,
aunque la charla, como toda reunión de amigas, a veces, se extendía en algún
detalle más, y esos detalles se transformaban en minutos, por eso toda la
planificación corría serios riesgos de llevarse a cabo.
No olviden que el teléfono aún no
se movía del lugar, después llegarían los inalámbricos con media hora de
baterías gigantes, pero en ese momento, cuando uno estaba en el teléfono,
estaba en el teléfono, no podías hacer más que algún dibujito parido del subconsciente.
Se volvía imperioso volver al
día, pero nunca, nunca se cortaba una llamada abruptamente, era una falta de
respeto. Y ahí arrancaban los monosílabos y lo que Perciavalle hizo tan famoso.
No había manera de cortar y
cuando se lograba, era como un alivio, tenías que marcar algún día para verse,
o un te llamo en un rato, o algo que se te ocurriera, para salir de esa
conversación, volver a tu vida, sin haber generado un mal momento con el amigo
que te había llamado.
Lo gracioso, es que aún hoy,
cuando sobrevive alguna llamada, llega el momento de cortar, y sigue el
espíritu monosilábico en la vuelta, el momento de cortar pasa como si fuera una
liebre perseguida por cincuenta perros, agarrala en ese momento o si no, quedás
mal parado y te llevan por delante los perros que son, todas las situaciones
incómodas que esconde ese momento tan particular del día.
Explicarle al otro que tengo que
cortar porque tengo que hacer esto y lo otro, es rebajar esto y lo otro, porque
parece que no fuera importante lo que estoy hablando con esa persona.
Decirle "bueno, dale, nos
hablamos" Pero si ya te estás hablando, ¿para que vas a cortar si estás
diciendo que después vas a hacer lo que estás haciendo ahora?
"Dale chau, chau" viene
con una carga de desgano y mala onda que automáticamente después de eso, el que
corta saca un tema para seguir hablando y retractarse de lo tan malo que hizo.
Lo mejor es hablar cara a cara, y
hoy casi no se habla por teléfono, se cambió por los mensajes de WhatsApp que
puedo dejar sonando mientras me baño, cocino, o miro una película, también los
mensajes cambiaron los encuentros, ya nadie mira al otro a ver si está cómodo,
si necesita ayuda, o si está feliz.
Yo estoy escribiendo esto en el
teléfono, al que uso para un montón de cosas, menos para hablar por teléfono, y
voy a decir mi verdad, prefiero esos momentos incómodos del monosilabismo, al
cómodo mensaje monologuista de 3 minutos.
Aunque sea más incómodo, que
bailar con la suegra.
ISS
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