LA MÚSICA NUNCA GANÓ UNA REVOLUCIÓN (ni la hizo)
A lo largo de la historia, el ser humano, ha tenido, muchísimas batallas, para que, los de un bando, celebren por encima de los del otro bando (aunque de seres humanos hablemos).
Todas las guerras, han sido por poderes, sobre todo
económicos, otros religiosos, y la lista puede seguir, pero, sea por ideología,
economía, geografía, todas las guerras han sido por poderes, para que algunos
dominen a su gusto sobre otros.
De muchas de esas guerras, han quedado poemas, novelas, canciones, pinturas, en fin, expresiones artísticas que, con el paso del tiempo, hacen más grandes las proezas, no olvidemos que la historia la escriben los que ganan, pero muchas veces, el paso del tiempo, le da cierta victoria al lado perdedor, a veces, tanto es así, que se considera que ha ganado más, el que ha perdido en su momento.
El arte, sobre todo la música, ha servido, para envalentonar
en lo previo a muchos que iban a una batalla, ha hecho sentir a los guerreros
parte de algo mucho más grande, los ha hecho sentir parte de la parte que era
injustamente tratada, así que, tenían en ese momento la posibilidad, de dar
vuelta la historia.
Todo eso pasa en la cabeza de la persona que va a pelear, no
en vano, el capitán se pasea en muchos casos, frente a sus tropas, para dar
ánimo a sus muchachos, eso es, nada más y nada menos, que prosa inspiradora.
Dicho esto, vale ser sinceros con el arte, ninguna guerra se
ha ganado con una guitarra en la mano, nadie entra a una invasión cantando las
mañanitas, ni chiflando una milonga, haciendo caso omiso de las balas que pican
a su alrededor.
El arte es un fruto de la inspiración e inspira, es cierto,
pero no hace. Puedo incidir en la decisión de una persona en envalentonarse
bajo determinado pensamiento, pero no es para combatir, para ganar.
Digo esto porque hace muchos años se viene dando, que a los
géneros musicales que dicen algo sobre los escenarios, que hablan de la pobreza
para quejarse, de las injusticias para nombrar a los gobiernos, los tratan poco
menos de mensajeros del mal y no los contratan, o les piden que no hagan lo que
están acostumbrados a hacer, en pocas palabras, que cambien el repertorio
porque el que paga la fiesta, no quedará muy bien parado.
Al principio de este estúpido trato, el arte se auto
festejó, aceptó los créditos que le daban, se enorgulleció, se agrandó,
digámoslo mejor, cosa que le redituó en una excelente campaña de marketing para
la gente, pero pésima para los que contratan.
Poniendo el caso de nuestras tierras, Artigas se benefició
con tanto halago, útil para generar un orgullo de país, la guerra grande
uruguaya consolidó a dos partidos que, con el paso del tiempo, lejos ya de esos
días, gobiernan con medidas morales, por lo menos, sospechosas de la
honorabilidad que la historia otorga a aquellos orientales.
Y más acá en el tiempo, la dictadura.
Las dictaduras, forjaron un espacio muy especial en las
sociedades participantes, que, a base de canciones principalmente, han podido
sobrellevar los momentos y proyectar otros mejores.
Ese título que se acopia el arte, le empezó a jugar en
contra cuando, pasada ya la dictadura, y con gobiernos temerosos de recibir los
ataques que, supuestamente, hicieron mella en los gobiernos militares,
empezaron a ser, cada vez más, llamados con menos asiduidad.
Fue un proceso lento, pero los resultados han sido muy
claros.
Hoy, hasta algunos cantores de folklore, o canto popular,
dice sin dolor, que ya la gente no quiere escuchar folklore en los festivales,
que sólo quiere bailar.
Quizás, para la banalización del público necesitemos otra
columna, así como también merecerá otra columna, la generación de opiniones
desde los gobiernos, algo que, sobre todo en el interior del país, se aprecia
mucho más, porque está mucho menos disimulado.
Lo importante es remarcar que, las expresiones artísticas,
son señaladas como levantadores de masas, y eso, no es lo que quieren contratar
los dueños de las fiestas.
Ahora, la expresión folklórica, y creo que toda expresión
artística de protesta en el mundo, se está quedando sin rival humano, quiero
decir, ya las guerras no son en cada país, sino que son dos guerras bastante
mundiales, porque al estar el comercio más relacionado, cualquier chispa que
salte en cualquier parte del mundo, puede repercutir incluso, en el lado
opuesto.
Hay además, una sensación social que todo ya está decidido,
que hagamos lo que hagamos, los de arriba (por ponerlos en algún lugar, pero
bien vistos podrían ser los de abajo en realidad), no van a cambiar un ápice lo
que ya tienen arreglado. Los gobiernos de izquierda, han sido el golpe fatal a
esa ilusión, con ellos, se han ido las últimas esperanzas firmes de una nueva
forma de vivir. Y es que a todos, les ha ganado la sociedad de consumo, y
todos, más allá o más acá, quieren su auto, sus vacaciones, en fin, vivir el
sueño americano (de aquella América, no de esta que vivimos día a día).
Acá, la mayoría de la gente persigue sueños que son de otras
sociedades, de otros niveles económicos, el tema es, que en aquellas sociedades
también, a muchos, se les está haciendo difícil llegar. Lo peor es, que en
estos tiempos, la sociedad se quitó la esperanza, la magia, el sueño de que lo
imposible podía ser real. Entonces, ya el canto de protesta esperanzado por un
cambio no tiene sentido de ser, ya el niño de la calle es algo que no se quiere
ver, pero tampoco ayudar, el adulto en la calle, muchísimo menos, y así,
invertir tiempos de vida para pedir por los demás, se ha vuelto obsoleto.
Ya nadie sale a un recital para pensar en los demás, sin
embargo, la palabra empatía está de moda, ya nadie lee más de dos líneas (son
muy pocos los que han llegado hasta acá), pero se habla de cultura como si se
pudiera adquirir en 15 segundos de tik tok, más que en cien libros leídos. El
camino tecnológico y fácil ha hecho mella, más que mella, ha roto todo, y hay
que volver a estructurar.
Y, como dije al principio, el arte, la música, no ha ganado
ninguna revolución, sin embargo, aportaba su grano de arena, para mantener una
esperanza, que, muchas veces, nos hacía vivir mejor, no más despreocupados, no
más felices (si es que hoy estamos más cerca de la felicidad), si no, nos hacía
vivir mejor, más completos, más conscientes realmente de lo que nos pasaba.
Hoy, para hacer la revolución, hay que aislarse, usar lo
menos posible la tecnología, y volver al boca a boca, a despertar desde el
interés sincero el pensamiento del ser humano. Hay que evitar ser un meme
famoso, un reel de cinco segundos, una canción de estribillo. Hoy hay que
hablar, aunque nadie nos escuche, hay que hablar con la esperanza de no estar
solos, es la revolución individual, ya no las grandes masas, porque hoy,
transformarse en una gran masa, es transformarse en uno de ellos, entonces, todo
se vuelve a disolver.
Hay que apostar al tiempo, al pensamiento, a la desaparición
tecnológica, es casi imposible, pero esa es, nuestra dictadura de hoy, la que
nos controla por redes, con una sonrisa y nosotros, participamos felices,
pagamos por participar.
Redes que primero habitaban otros como nosotros, y hoy
están, habitadas en su mayoría por máquinas, que, hasta el momento parece,
manejan otros como nosotros.
Es difícil, no soy necio y estás leyendo estas palabras
porque te llegaron por alguna red social. Pero yo no soy revolucionario, yo
sólo pienso y pienso mal, yo sólo digo que, si tuviera capacidades dignas, la
gente me seguiría, y yo me iría al medio del campo y la gente me iría a visitar
de vez en cuando, y hablaríamos, y se irían con un montón de energías, no para
pelear, si no para encontrar sus verdaderos motivos de vida, y a partir de ahí
si, respirar en esta vida sin automatismo, hacer algunas cosas por las que
eligiera el objetivo, cierta claridad, ya con eso alcanza para empezar.
Pero estoy en la ciudad, y casi no hablo con nadie, más que de cosas banales, y coincidimos con muchos de ellos, que ellos también están aislados, y que están cansados de la vida sin sentido, del bucle de noticias, reconocen que las redes son una porquería, pero ya están adentro, y así, todos nos damos cuenta que estamos derrotados, esperando algo gigante que cambie todo, porque a nosotros ya nos vencieron, y no tenemos ni media canción, que nos haga creer realmente, que todo esto es por algo que nos lleve a algún lugar interesante.
Ojalá seamos los que pierden hoy, para que mañana nos vean,
como los ganadores de algo, que había que ganar perdiendo, para que ellos estén
mejor.
Ignacio Sallaberry Silveira
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